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miércoles, 28 de septiembre de 2016

EL RESUMEN


       Resumir un escrito es transformarlo en un texto nuevo, más corto, pero que contenga las ideas fundamentales y la estructura del escrito original.

         El resumen es una actividad intelectual más compleja de lo que parece, ya que pone a prueba nuestra capacidad de síntesis.

         Los consejos que tienes a continuación te ayudarán a elaborar buenos resúmenes:

·         Lo primero que tienes que hacer es comprender bien el texto que vas a resumir. No se puede resumir de forma correcta algo que no se entiende.

·   Selecciona las ideas principales. Para ello podemos utilizar la técnica del subrayado.

·         En principio, no debes poner ejemplos. En algún caso, pero pocos, habrá que ponerlos.

·         Las ideas seleccionadas deben seguir el orden que tienen en el texto original. Y tienen que estar enlazadas por los conectores (nexos) que creamos necesarios. Un resumen no es recortar ideas y pegarlas sin más.

·         El resumen tiene que ser objetivo: en él no podemos incluir nuestras opiniones, ni expresiones del tipo: El texto trata de…, El autor dice que… No estás haciendo un comentario crítico; realizas un trabajo de síntesis.

·         La redacción debe ser personal. Has de decir lo mismo, pero con tus propias palabras. No puedes copiar expresiones del texto salvo que sea estrictamente necesario (tecnicismos, definiciones…)


miércoles, 21 de enero de 2015

Resumen 5


Frente a tantos y tantos libros sólo entretenidos, ingeniosos, eruditos, o muy doctos, pero de un solo encuentro, frente a tantos papeles de usar y tirar, como la prensa periódica y los folletos informativos, los textos literarios se definen por admitir más de una apasionada lectura. Y, entre otros, los clásicos son los que admiten e invitan a relecturas incontables.

Son estos textos a los que uno puede una y otra vez volver con confianza y alegría, como uno retoma la charla con viejos amigos, porque conservan siempre algo más para decirnos y algo que vale la pena rescatar en nuevas reflexiones. Tienen la virtud de suscitar en el lector íntimos ecos, es como si nos ofrecieran la posibilidad de un diálogo infinito. Por eso, pensamos, perduran en el fervor de tantos y tan distintos lectores. Son insondables, inagotables, y en eso se parecen a los mitos más fascinantes, en mostrarse abiertos a nuestras preguntas y reinterpretaciones.

Podríamos clasificar a los clásicos como “la literatura permanente”- según frase de Schopenhauer-, en contraste con las lecturas de uso cotidiano y efímero, en contraste con los best sellers y los libros de moda y de más rabiosa actualidad. Suelen llegarnos rodeados de un prestigio y de una dorada pátina añeja; pero son muchos más que libros antiguos, aureolados por siglos de polvo. Conservan su agudeza y su frescura por encima del tiempo. Son los que han pervivido en los incesantes naufragios de la cultura, imponiéndose al olvido, la censura y la desidia. Algo tienen que los hace resistentes, necesarios, insumergibles. Son los mejores libros “con clase”, como sugiere la etimología latina del adjetivo classicus.

Los autores clásicos son quienes han dejado en sus libros, en sus textos de larga tradición, los mensajes más perdurables y las palabras con mayor fuerza poética. Son los intérpretes privilegiados de la fantasía y la condición humana cuyas voces lejanas podemos escuchar gracias a sus escritos. Mediante el lenguaje el ser humano puede ejercitar la imaginación y la memoria en viajar al pasado y en la previsión del futuro. La escritura facilita enormemente esos viajes sobre el tiempo. Con la imaginación y la memoria podemos evadirnos del presente inmediato, saltar por encima de las circunstancias y situarnos junto a esos escritores antiguos. Gracias al lenguaje, gracias a la escritura y al arte de leer.

 

Carlos García Gual.

 

jueves, 6 de noviembre de 2014

Texto modelo 2014


            Mi padre era tímido, introvertido y de naturaleza melancólica, pero eso no quiere decir que fuera triste. Detestaba cualquier tipo de solemnidad, también la de la tristeza. Su principal obsesión, cabe decir, era la de ser feliz. Albergaba múltiples dudas acerca de sí mismo y estaba en permanente liza con ellas, pero con el mismo ahínco buscaba la distracción, dejarlas a un lado. El humor era su herramienta, el territorio en el que mejor se movía. Lo utilizaba para cauterizar situaciones potencialmente conflictivas, para hurtarse a la mirada de los otros, para salir airoso en sociedad, para demandar afecto, para darlo, para juzgar el mundo. También para defenderse. Cuando se lo acorralaba y se lo forzaba a entrar en una conversación espinosa, su manera de evitar el golpe era en primera instancia un comentario humorístico. Era su forma de pedir perdón y obtenerlo antes de llegar a un callejón sin salida. Era su forma de darse tiempo, si el cerco se estrechaba, antes del estallido, pues su incapacidad para el diálogo, si se veía cuestionado, con frecuencia derivaba en arranques de cólera.
            Como evitaba el primer plano, sus bromas no eran histriónicas, no buscaban el colofón de una carcajada. Prefería emplear la ironía, una ironía que podía llegar a ser demoledora a la hora de hablar de cosas que realmente le importaban, y con más frecuencia aún, cuando estaba en confianza, de la autoironía, como cuando imitaba la voz de un niño para hacer sus demandas de amor o responder a las que le hacíamos a él.
            Creo que lo que escondía era un acentuado, paralizador, sentido de la dignidad. Había muchos rasgos de su carácter que lo avergonzaban, empezando por el sentimentalismo, y todo su afán era taparlos, que el ojo ajeno no los descubriera. Por eso evitaba las conversaciones demasiado cargadas emocionalmente, porque temía que su verdadero ser aflorara en ellas, que se le escapara una lágrima o que un comentario fuera llevándole a otro hasta acabar diciendo lo que no querría. En realidad, lo que más le avergonzaba, y lo que su agudizado sentido de la dignidad más se empeñaba en ocultar, era que se tenía por un ser débil. El sentimentalismo lo consideraba parte de esa debilidad, en unión de otras que solo soy capaz de intuir. La principal de todas: su falta de brío ante las cuestiones prácticas de la vida, algo de lo que yo, como hijo suyo, era un constante recordatorio                           
                                                                  
                                                                            (Marcos Giralt Torrente, Tiempo de vida, 2010)

 

jueves, 18 de septiembre de 2014

Resumen 9 El sello de correos

EL SELLO DE CORREOS
El sello de correos no apareció hasta el siglo XIX, mientras que el correo, en tanto que empresa social al servicio del público, data en los países europeos de finales del siglo XVI. Con anterioridad al siglo XIX, el precio para transportar la correspondencia venía determinado por la distancia entre los lugares de origen y de destino. Además, el pagador era el destinatario, pues ya en la lejana época de los mensajeros no parecía lógico pagar el transporte antes de que el mismo fuese efectuado. Y de este modo quedaba asegurado, por otra parte, el interés del portador en efectuar la entrega. La noción de sello de correos solo podía aparecer, pues, si se unían dos condiciones: el franqueo previo, y la simplificación del sistema de tasación.

El primer sistema postal que se organizó sobre estas bases fue el de la Petite Poste de París en 1653. Corresponde al intento de organizar la distribución del correo por el interior de la ciudad de París, ya que por aquel entonces el correo solo cubría el trayecto entre poblaciones. A tal efecto se dispusieron buzones en las esquinas de las principales calles, lo que evitaba a los expeditores tener que ir hasta la oficina de correos; pero ello hacía necesaria la institución de algún documento que atestiguara el pago previo del transporte. Tal fue el billete de porte pagado, antecesor del sello de correos, que se adquiría previamente y se unía a la carta. También se ha encontrado la mención franco u otras similares, escrita por el director de la oficina de correos, en el envoltorio de paquetes de la época. Más tarde aparecieron las señales obtenidas con un marcador de madera o metal. Estas constituyen , de hecho, el auténtico precedente del sello de correos en tanto que estampilla que constata el franqueo en el momento de la expedición.

Partiendo del principio de que las elevadas tarifas favorecían la utilización del correo por parte de las personas acomodadas, sir Rowland Hill (1795-1879)proyectó abaratar las tasas, con un doble propósito: favorecer el aumento del tráfico postal y simplificar las formalidades en el momento de efectuar el depósito. Hill propuso la utilización de sobres y hojas de papel destinados exclusivamente a la correspondencia, que estarían marcados con un timbre de franqueo y serían vendidos al público por la administración. Así dispuestos, cartas y periódicos podrían ser echados a los buzones.

Tras vencer las reticencias del Post Office, el plan fue adoptado por el Parlamento británico el 26 de diciembre de 1839. Fue preciso entonces fabricar los sobres y sellos adhesivos, y si bien los primeros no obtuvieron el beneplácito del público, el sello, previsto inicialmente como un simple expediente, suscitó de inmediato gran interés.

Los primeros sellos que vieron la luz llevaban impresa la efigie de la reina Victoria. Puesto en vigor desde el 6 de mayo de 1840, el sello de correos conoció un éxito total en Gran Bretaña, y entre 1840 y 1848 diversos estados adoptaron el sistema (Brasil en 1843, Estados Unidos en 1847, Francia en 1948 y España en 1849)

(Nuevo Larousse. vol. 36)

miércoles, 19 de marzo de 2014

Resumen 4


El triunfar en la sociedad es un síntoma, a veces, inequívoco de una cierta clase de virtudes: al hombre que lo consigue solemos llamar eficaz, decimos que sirve, y la eficacia es un valor positivo que estoy muy lejos de negar. Pero me parece una perversión de nuestro tiempo que ese valor sea el único estimado o, cuando menos, el más estimado. Merced a ello hemos desalojado del mundo todo lo exquisito, porque todo lo exquisito- ¡qué le vamos a hacer!- es socialmente ineficaz. La virtud de emocionarse delicadamente es, por ejemplo, una de las cosas más altas que cabe imaginar; pero en la mecánica que hoy rige las sociedades humanas sólo es útil para sucumbir. Así, un amigo mío, que padece de agudo sentimentalismo, no obstante ocupar altos cargos diplomáticos, dice en ocasiones: “Gentes como yo debían haber nacido en otra época, porque para flotar en ésta que vivimos es imprescindible tener mal corazón, buen estómago y un cheque en el bolsillo.”

Yo creo que en el alma europea está germinando otra manera de sentir. Comenzamos a curarnos de esta aberración moral que consiste en hacer de la utilidad la sustancia de todo valor.

 

José Ortega y Gasset, El espectador

 

sábado, 22 de febrero de 2014

Resumen 3


¿Qué es un diccionario? Un diccionario es y ha sido siempre un instrumento. Un instrumento cuya estructura externa, como la de tantos otros instrumentos indispensables dentro de nuestra civilización, está determinada rígidamente por el abecedario. Nombrado a secas, sin apellidos, y tal como lo concebimos hoy, es el registro alfabético de un número elevado de voces de una lengua, el contenido de las cuales se explica por medio de un texto equivalente o sinonímico. Convendrá, desde el principio, prevenir la confusión entre el diccionario sin más, el que los lingüistas llaman el diccionario de la lengua, y otros productos lexicográficos que con frecuencia le toman prestado el nombre (glosarios, vocabularios, enciclopedias, diccionarios especiales, diccionarios regionales, etc.)

Insistamos en el carácter básico de herramienta, y no de especulación científica, propio del diccionario. La lexicografía no es una ciencia, sino una técnica, o, como dirían los clásicos, un arte. Esta bella palabra, arte, encierra en nuestro caso -permitidme la paradoja-una exacta ambigüedad, por lo que tiene la actividad del lexicógrafo de oficio y de artesanía, y al mismo tiempo de intuición, sensibilidad y pasión. La condición de mera técnica o arte que tiene la lexicografía explica que durante siglos haya estado en manos de puros aficionados, y aún hoy en buena parte lo esté. Y conste que lo de puros aficionados no lleva ninguna carga despectiva. Un buen aficionado siempre es superior a un mal profesional. En el arte lexicográfico, buenos aficionados fueron, por ejemplo, los padres fundadores de esta Academia, autores del admirable Diccionario de autoridades.

                                                                                                          MANUEL SECO REYMUNDO

                                                                                                            Las palabras en el tiempo: los diccionarios históricos

                                                                                                                                 Madrid 1980

domingo, 16 de febrero de 2014

RESUMEN 2


La evolución tecnológica de los últimos años apunta que estamos atravesando una auténtica revolución tecnológica de los asuntos militares. Cuando antes eran necesarios decenas de aviones para destruir un objetivo, ahora se logra con muy pocos, gracias a las bombas inteligentes, o con misiles de crucero desde la distancia; el combate cuerpo a cuerpo ha sido relegado para disparar desde la impunidad; los satélites permiten conocer el movimiento y emplazamiento de las tropas, propias y enemigas, en tiempo real; los ordenadores son capaces de asimilar millones de datos de información y presentar un cuadro manejable para mandos y soldados; las comunicaciones enlazan a las tropas, volviendo casi transparente el campo de batalla. La “niebla de la guerra” de la que hablaba Clausewitz comienza a disiparse.

            Esta revolución técnica aporta nuevas capacidades y formas de hacer la guerra. En gran medida se vio en Kosovo. Ahora se trataría de enfocar estas capacidades para hacer efectiva una estrategia que combine las defensas y la represalia.

            El nuevo orden internacional, estratégico, es muy exigente. Tiene que dar cuenta de la herencia del pasado y cerrar las heridas que siguen abiertas, esencialmente a través de las misiones de apoyo amplio a la paz y la intervención en conflictos civiles donde no hay el más mínimo respeto por la vida. Pero no puede quedarse ahí, cómodamente repitiendo lo que ya sabemos del pasado. También tiene que prepararse para dar respuesta a los retos no ya de hoy, sino de mañana. En ese sentido, hay que ser consciente de que el sueño de un mundo en paz y tranquilidad, un nuevo orden de concordia a través de las Naciones Unidas, no es más que un bello espejismo.

            Pero también debemos permanecer abiertos a lo nuevo y desconocido. Los atentados del martes 11 de septiembre fueron una gran sorpresa y no solo por su ejecución. Nada lleva a pensar que mentes tan privilegiadas, aunque para lo malo, como quienes pensaron y diseñaron los ataques no sigan pensando en otras formas tan asimétricas de enfrentarse al mundo occidental, al que quieren destruir.

                                                                                              Rafael L Bardají

 

jueves, 21 de noviembre de 2013

Resumen 1

Texto 1
En líneas generales, la universidad tiene, sobre todo, el cometido humano de enseñar a los cerebros a pensar de manera clara, segura y personal, liberándoles de la oscuridad y del caos en que amenazaba con sumergirles una cultura inorgánica, pretenciosa y confusionista, con lecturas mal distribuidas, conferencias más brillantes que sólidas, conversaciones y discusiones no constructivas: “Un joven de intelecto agudo y vivaz, sin una preparación sólida, no puede presentar más que un conjunto de ideas verdaderas o falsas que tienen para él el mismo valor. Posee un cierto número de doctrinas y de hechos, pero desarticulados y dispersos, pues no tiene principios en torno a los cuales pueda reunirlos y situarlos. Dice, se desdice y se contradice y cuando le obligamos a expresar claramente su pensamiento no consigue coordinar sus ideas. Percibe mejor las objeciones que las verdades, propone mil cuestiones, a las cuales nadie sabe responder, pero, entre tanto, tiene la mejor opinión de sí mismo y se molesta con los que no comparten su punto de vista.”
El método prescrito por la disciplina universitaria para todas las formas de investigación es muy distinto, y muy distinto también el resultado; es “la formación del intelecto, es decir un hábito de orden y de sistema, el hábito de relacionar todos los conocimientos nuevos con los que ya poseemos y de ajustarlos unos con otros; es, sobre todo, la aceptación y el uso de determinados principios como centro de pensamiento… Cuando existe facultad crítica, la historia no es ya un libro de cuentos ni la biografía una novela; los oradores y las publicaciones del día pierden la infalibilidad; la elocuencia no reemplaza ya al pensamiento ni las afirmaciones audaces o las descripciones coloristas sustituyen ya a los argumentos.” La disciplina universitaria como un tipo de disciplina para la formación intelectual, aplicable incluso a instituciones no “universitarias” en sentido oficial.
Antonio Gramsci. Cultura y literatura.
*Nota: Los textos entrecomillados pertenecen al libro Lectures and essays on university subjects, del cardenal Newman.